Al azar

Integrado (pasajes)

Flotan los relojes de líquidas esferas, relojes negros, relojes de humo, se amontonan a mi paso. Camino y piso relojes de arena, cuarzos indiferentes. Rotas las clepsidras, me salpican y manchan mi ropa con aceitosos momentos medidos cuidadosamente.

Nubes de números opacan el cielo que, ajeno a esas contingencias, brilla libre de presiones ficticias, presiones de cartón, ignorante del cataclismo de soberbias y vanas intenciones por querer atrapar, acotar, dimensionar algo que no nos pertenece.

Un silo de símbolos enjaulados se ha roto aquí abajo e inunda calles, casas, oficinas, alcantarillas, con su punzante carga. Como una enorme duna de granos, los relojes obstruyen las bocacalles. Yo trato de trepar, escalar esas montañas de horas pegajosas que me retienen, impiden mis movimientos; con pequeñas garras sujetan mis pies y tratan de undirme.

Por momentos logro zafarme y me escabullo por los sombríos callejones donde unos gatos sarnosos y esqueléticos me ven pasar, agazapados tras pringosos tachos rebozantes de manecillas, lunas, resortes y baterías supurantes. Corro, entonces, por calles aisladas y solitarias con la ropa hecha girones. Mi corrida despierta ecos resonantes que rebotan en las altas paredes y las ventanas negras, como balas perdidas.

Corro... corro...

Corro hacia un pálido resplandor que, al final de la calle, me indica un posible claro en el bosque amenazante de tictacs y pitidos. Por momentos miro atrás, sobre mi hombro, y veo, como un mar de lava, la marea de cacharros que, implacable, me persigue. Apresuro mi carrera, los latidos de mi corazón y mis jadeos se mezclan con el permanente cuchicheo que procede de esa capa movediza que pretende arrollarme y disolverme.

El resplandor se hace más brillante, sin embargo no estoy más cerca y la calle adquiere paulatinamente un tinte verde claro, pálidamente luminoso y cobra una inclinación hacia ese brillo que presiento como una salida. Pero comienzo a sentir un temor inexplicable y quiero retroceder, desviarme, mas la pendiente es ya muy pronunciada, ya no corro, sólo me deslizo inexorablemente hacia la luz. Clavo los talones, hinco mis dedos, pero hay algo aceitoso que lubrica mi caída. Miro mis manos y la pringue adherida tiene pequeñas manchas negras que, en la penumbra, parecen números diminutos.

La lluvia de relojes continúa impasible. Lentos, como aéreos caracoles, gotean minutos interminables que acentúan mi exasperación. Abro mi boca intentando un grito pero ya no hay hueco, una porcelana blanca tapona mi desesperación.

Caigo... caigo...

El respalndor casi me ciega ya, borrando mis recuerdos (inútilmente quiero traer a mi memoria escenas de mi pasado, aunque sea del pasado reciente de horas o segundos, pero sólo hay presente, inmediatez, y, paradógicamente, al sólo existir esta acuciante actualidad -de dígitos malignamente ubicuos- la propia idea de tiempo desaparece).

Me deslizo obedeciendo a la gravedad de ese luminoso vértice que ya me envuelve como una nube traslúcida. Mis ojos copian esa cúpula brillante, ojos sin iris ni pupilas, sólo un brillo zurcado por paralelos y meridianos. Poco a poco todo mi cuerpo (mi figura) copia ese diseño: una silueta negra zurcada por líneas verdes. Todos mis detalles permanecen pero sintetizados, esquematizados.

Y los relojes flotan, vuelan a mi alrededor como curiosas criaturas. Curiosas y entusiastas me rodean, me dan la bienvenida. Ya no temo, huelo a acero, a sílice, a cobre, a plástico.

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