Al azar

El vuelo del Gargonte

¿Cuántas veces hemos escuchado, en el misterioso recinto de la noche, un sordo crujir en los techados? ¿cuántas veces hemos mirado el negro resplandor anochecido creyendo adivinar el paso lúgubre de un ave nocturna y, sin embargo, no alcanzamos a divisar absolutamente nada? ¿cuántas veces nos hemos sentido observados en silencio por algún espectro indescifrable? ¿y cuántas veces nos despertamos presos de una angustia indefinida, con la patente sensación de un secreto respirar en nuestros cuellos?

Nadie lo nombra, no hay viejas leyendas que registren su existencia, ni tradiciones que den cuenta de su constante trajinar por los costados borrosos de la realidad. No hay memoria, ni siquiera olvido, para esa hosca criatura que, sin embargo, custodia constantemente nuestras más terribles incertidumbres, nuestros deseos aún no concebidos, nuestros sueños más oscuros, nuestras tristezas más remotas. Sólo hay esa extraña sensación, esa esfumada sospecha que sobrevuela ciertos espacios transparentes de duda y abstracción.

Yo, que suelo perderme en senderos que nunca volveré a encotrar, en intrincados bosques neblinosos cuya constante llovizna de hojarasca y olvido borra implacablemente cualquier indicio de mi paso; que tan a menudo camino de la mano del vértigo, del temor y la melancolía, por los acantilados de la noche, cuyos despeñamientos de estrellas y silencio hacen imposible desandar la senda, obligándome a avanzar por las infinitas bifurcaciones del alma, lo he visto. YO LO HE VISTO.

Lo he visto galopar en los desiertos, las escamas empavonadas reluciendo chispazos de nocturnidad con cada movimiento, las potentes garras batiendo el parche reseco de la tierra que resuena con telúricos recuerdos de otras vidas, levantando desesperadas nubes de polvo crepuscular. Hasta el gran salto. Cuando, arañando las cuestas invisibles del día que agoniza y sangra sus últimos suspiros, se impulsa hacia el esférico vacío. Y allí arriba, llorándole los ojos por el viento de las furias, girar en lentas espirales, perseguir las difusas caravanas de los cirros, dejarse caer en vectorial suicidio para, de golpe, en horizontal huida, dirigirse a poblados y ciudades.

Saciado cierto aspecto de sus ansias, más sereno y taciturno, lo he visto en campanarios, altos tejados, terrazas de edificios, mirar con áspera nostalgia los diminutos seres. Amparándonos con su mirada abismal, guardián de los misterios, nos observa a la distancia como un pastor de sueños. Misterios que no lo acucian, sueños en los que él ya no podrá navegar porque su tiempo ya está muy desgastado por el roce de antiguos recuerdos y que suple con la fricción vertiginosa de sus vuelos. Sin embargo, con su constante presencia velada a nuestro ojos, nos asegura la cuota necesaria de arcanos que inquieten nuestras mentes y nos hagan pensar en otras posibles realidades.

He dicho que no hay mentas de él, pero una vez, caminando por un barrio apartado, bajo el puente de una de las autopistas (no podría haber sido en otro lugar, claro), a un linyera mugroso y harapiento, de ojos desorbitados, con la voz cascada, tal vez por los mismos ásperos recuerdos que el Gargonte, le oí cantar esta canción:

...
En la planicie oscura y polvorienta,
austera y silenciosa
refulge de metálicas escamas
la bestia poderosa.

El sordo retumbar de sus pisadas
sacude la corteza
como el hondo murmullo de la roca,
crujiente de asperezas.


El negro nocturnal es su destino
y levantando vuelo
planea silencioso e invisible
sobre almas sin consuelo.

Hermético animal de gesto oscuro
que estás frunciendo el ceño:
No temo a tu mirada porque sé
que cuidas nuestros sueños.

...

Se interrunpió al verme parado y observándolo, sus rostro arrugado se endureció y comenzó a arrojarme latas vacías y piedras. Más por no seguir incomodándolo que por el daño que me pudiera causar su escuálida arremetida, decidí marcharme. Al alejarme pude oir sus destartaladas risotadas.

Y siguió silbando esa canción.
Otro