Al azar

Laudanopithecus

Menudo, de movimientos torpes y andar pendulante, curioso como un gato y ávido de nociones como un niño, el laudanopithecus (farii bragansis) iba de las rocas a los árboles, escarbando entre las grietas, desprendiendo cortezas en busca de mínimas maravillas. Escarabajos, guijarros brillantes, líquenes grisáceos, mudas de arañas y serpientes, todo servía para su pequeño proyecto. Acá una pluma de dodo, al lado un diente de zorro, más allá la marca de su mano, abajo una ramita... Él sólo recolectaba minucias atractivas para acomodarlas en un collage estrafalario, rústico, chocante, pero de una originalidad nunca imaginada por los homínidos superiores. Y menos comprendida, por lo tanto tampoco era aceptada. Constantemente debía rehacer sus artefactos de asombro debido al sabotaje metódico del que era víctima. No lo preocupaba, siempre tenía recusos nuevos para su proto-oficio, hoy pintaba un antílope, mañana un tigre diente de sable, pasado un laudanoceronte... Algo le susurraba (muy quedamente), le decía que esa constante y ridícula batalla lo preparaba para algo mayor, algo que se alojaba entre su mandíbula y su cuero cabelludo y le hacía cosquillas en el paladar. Presentía que, tarde o temprano, cambiaría los pedruzcos, las plumas, los pastiches de cenizas, por algo más complejo y a la vez más certero.

Pronto evolucionaría, deviniendo en el Juntapalabras...
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