Al azar

Laudanoceronte

Cuando el tiempo aún no era tiempo y las lenguas no tenían noción de los sonidos, ya tronaba en las oscuras planicies primordiales el pesado galope de los laudanocerontes. Con ciego empecinamiento embestían nubes de polvo cósmico y perseguían rizos de vientos caóticos tratando de desgarrar los velos de las auroras. Siempre de frente y sin callar (en su mudo lenguaje) ponían el testuz a lo que viniera. Así fue que su dura epidermis comenzó a tatuarse con diversos zurcos y relieves que fueron conformando figuras y signos en los que podían leerse los distintos pasajes de su historia.

Solo de toda soledad, diminuto en la anochecida meseta, plomizo promontorio bajo el rayo de una luna adolescente, cierra los diminutos ojos imaginando un torbellino de luces coagulado en delirantes floraciones, borbotones de espumas centelleantes salpicando su escarado rostro, pequeñas saetas multicolores punzando un cielo nunca antes pensado al son de sonidos venidos de quién sabe qué garganta celestial.

Y así, sumido en ese desconocido éxtasis ajeno por completo a la roca de su esencia, el laudanoceronte va incrustándose en la noche como una constelación tosca, oscura como el recuerdo de lo que aún no ha vivido, hasta quedar grabado para siempre en la memoria de los que nada recuerdan.
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