Al azar

Laudanopsia

La camilla de acero inoxidable está fría y mi cuerpo, sin ropas, asume su temperatura con resignación. La gran lámpara, suspendida a la altura de mi pecho abierto, da, con su brillantez cegadora, un aspecto acaramelado a mis órganos, expuestos a la inquisitoria y metódica mirada del forense. Escarba entre mis vísceras como buscando alguna prenda extraviada en sus cajones, ojalá halle algún latido favorable, algo que nos acerque.

Con su sierrita circular traza un ecuador sanguinolento en mi cráneo y desprende una tapa que parece un rosado cuenco ritual. Saca la gran nuez, que se desprende con unos chasquidos huecos y jugosos, y la deposita en una fuente. Observa cuidadosamente el interior vacío (supongo que en busca de alguna idea). Ahora abre mi boca y escruta con su linterna, raspa el paladar, hurga en mis caries, bajo mi lengua... tal vez encuentre las palabras que no dije, o las que nunca imaginé.

Con una disposición de oficinista (y con la misma pasión...) sigue extrayendo el bazo, los pulmones, el hígado, el páncreas... Pesa mis partes y las acomoda en distintas bandejas relucientes. Yo trato de ver si entre esas tripas ya huérfanas de mí, se aprecia algo de lo que una vez fui, pero mis ojos opacos no se apartan del techo que adivino detrás del resplandor de los hirientes focos.

Por fin, luego de raspar mis uñas, examinar mis antebrazos, mis partes más privadas, me cubre nuevamente con esa loneta oscura y asfixiante (por suerte ya no me afectan esas agresiones).

Otra vez estoy solo, en el silencio de este cuarto frío.

Espero que mis restos sean llevados a la fábrica de alimento para gatos, porque eso de terminar en frascos, o despojado de carnes colgado de una percha a la vista de cincuenta desconocidos sin poder poner una mano adelante y otra atrás, eso, la verdad que no me gusta nada.
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