Al azar

Planos de soledad (pasajes)

Abrí la puerta y entré.

Costumbre que uno tiene de dejar las cosas como las encontró... cuando me dí vuelta para cerrarla ya no estaba. En su lugar un abismo negro, poblado de estrellas rojas y azules, abría sus fauces hambrientas.. Debí hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio y no caer. Si bien normalmente esta situación me habría resultado por demás extraña, no me sorprendí. Por alguna velada razón todo me parecía lógico, natural.

Volteé, al fin, para encarar el nuevo horizonte que me desafiaba.

Todo era oscuridad. Una escalera de peldaños de sombra llevaba a un nivel superior, un plano transparente - al menos así se veía desde mi ubicación -. Subí lentamente pisando esas sombras blandas, acolchadas, con cierta sensación de inseguridad. Sin embargo, acostumbrado a la incertidumbre, ascendí decidido.

El plano que creí transparente, desde mi nueva perspectiva ví que se trataba de un gigantesco damero lustroso y vacío cuyos casilleros medían, aproximadamente, cinco metros por lado, aunque en ese entorno carente de parámetros era difícil cualquier intento de precisión.

Una brisa helada, que olía a soledades y olvido, soplaba a mis costados trayendo silencios cada vez más sólidos. Avancé. Caminé un largo rato (los relojes caían lentamente a los lados del tablero y en sus esferas carcomidas las agujas señalaban minutos imposibles, por lo que pude haber estado caminando segundos u horas, no lo sé).

De pronto, en la distancia, lo que parecía una mesa redonda llamó mi atención. Movido por lógica curiosidad (era el único objeto visible en ese universo de brillantes oscuridades) me dirigí hacia ella, pero cuanto más caminaba más lejos parecía, como si yo retrocediera con mis pasos, en lugar de avanzar. Corrí unos metros - o kilómetros, o micrones - pero el resultado era el mismo: cada vez más lejana y diminuta, la mesa escapaba hacia algún punto variable, sobre mi mismo eje pero en sentido opuesto a la dirección que yo tomara.

Cuando estaba por desistir, aburrido por esa persecución ridícula, alguien se distrajo (el Operador Invisible) y apareció pegada a mí y casi debí saltar para no tropezar con ella. Se trataba de un panel de acrílico (o algo semejante), sin patas, suspendido a sesenta o setenta centímteros del suelo. Sobre ella una hoja de papel amarillento y raído tentaba mis ojos. Algo me impedía querer tomarlo, mas cuando intentaba leer lo que había escrito sus letras iniciaban una danza extraña de círculos, ochos y diagonales. Si desviaba la mirada su texto se ordenaba nuevamente, pero al reintentar leer otra vez se iniciaba ese juego sin sentido.

Decidí no prestarle más atención, entonces el papel comenzó a diluirse hasta desaparecer.

Retomé la caminata, esta vez con más suerte, porque llegué sin inconvenientes hasta un cuadrante alfombrado con un césped fresco y húmedo. Allí un enorme caracol, dos veces más alto que yo, no parecía interesado en alejarse. Al arrimarme me miró con uno de sus cuernos. La esfera de su ojo pareció pestañear y soltó una lágrima que fue cayendo, atravesando el piso. Caía muy lentamente y yo podía verla a través de los cuadrados del suelo, hasta que se perdió irremediablemente.

El descomunal molusco me contagió su pena infinita, esa tristeza acumulada durante milenios en las espirales de su caparazón me fue envolviendo, se apoderó de mí tan profundamente que debí abrazarme al cuello del pobre caracol para que mis sollozos no me hicieran caer.

Su viscoso vientre comenzó a ondular y se fue alejando hacia las tinieblas con un zigzag melancólico, dejando a su paso una estela espejada que despedía destellos totalmente contrapuestos a estado de ánimo que nos apabullaba.

Se fue perdiendo en la oscuridad como un viejo carromato de circo en desgracia.

Suspiré con un leve estertor, levanté el cuello de mi camisa y reanudé mi marcha pensando en los siglos que estuvo esperando esa tierna bestia alguien con quien compartir su congoja.

Ya llegarían más puertas que trasponer, pero de momento me interno en este blando intermedio.
Otro